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Hay
días en los que nacen ante nuestros ojos personajes indiscutibles.
Leí una frase en uno de los arcos de la corredera que decía:
“El mayor problema que tiene el mundo es ni lo sé ni
me importa.”
Entonces me pregunté ¿Qué clase de poeta había
embellecido esta esquina con palabras tan punzantes, tan llenas
de verdad? Me hizo pensar en la hipocresía de la nueva juventud
de cristal que nunca piensa cambiar las cosas que están mal.
¿Hace falta cambiar algo? El campo está sembrado y
hay robots que recogen la cosecha por nosotros. ¿Realmente
nos interesa cambiar algo? También lo entendí de otra
forma. ¡Ya está bien! ¡Despertad del sueño
eterno del algodón de azúcar malditos imbéciles!
No os dais cuenta que es eso lo que quieren…
Una noche de ésas que se vuelven de día sin darnos
cuenta me contaba mi amiga Trompet su experiencia con GIOVANICABRA.
Me dijo que su aspecto era camaleónico. Un día tenía
el pelo largo, el otro rapado, un día le nacía la
barba espesa llena de preguntas, el otro las expulsaba a través
de las cuerdas y ya no tenía ni un solo pelo en la cara.
Parecía no querer tener personalidad, ninguna imagen concreta
con la que poder encontrarlo. Siempre simulaba estar escapando,
hasta de sí mismo. ¿Edad? De 16 a 60 años,
dependiendo del día. ¿Nacionalidad? No me jodas. Poco
a poco se iba conformando el puzzle, sólo que las piezas
eran imposibles de encajar.
Descubrí que una vez recitó boca abajo sentado de
espaldas en el asiento de una silla. En otra ocasión le rompió
el corazón a una rubia por no gustarle sus zapatos de marca.
En un recital de poetas independientes empezó a agitar los
brazos y a escupir sapos por la boca mientras gritaba ¡FALSOS!
¡HIPÓCRITAS! y tuvieron que sacarlo a hostias del local.
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